Este es un cuento para un concurso y tenia que llevar un valor.. y fue el de la honestidad ;3
Queensberry.
Fue en uno de mis tantos viajes. De hecho podría decirse que fue el más curioso que jamás tuve. Me llamo Gilbert. Luego de haber viajado durante días en un barco como polizonte, arribamos, según escuché decir al capitán, más haya del Triangulo de las Bermudas. Parecía ser una isla la cual no figuraba en los mapas y debo decir que eso aumento más mi curiosidad.
No esperaba más. Era extraordinaria, y me asombro demasiado el hecho de su extensa cantidad de plantas extrañas que ninguno de nosotros habíamos visto jamás. La gente era completamente normal y tan civilizada como cualquiera de nosotros. De hecho, poseían una inteligencia superior y se notaba en cuanto a sus avances tecnológicos alrededor de la isla. Más sin embargo tenían una sola regla, aquí estaba prohibido decir mentiras. Al principio me pareció una completa ridiculez, ¿Cómo era posible que pudieran vivir de aquella manera? Es decir, ¿Ni si quiera podían mentirle a sus hijos sobre la existencia de Santa Claus?, o los niños, con su dorada infancia, ¿No podían ni siquiera mentir acerca de quien ralló las paredes o se comió la ultima rebanada de pastel? Más sin embargo, se tomaban aquello bastante enserio. Yo como viajero, y hombre curioso por excelencia, quise saber aun más de sus costumbres.
Al principio, cuando llegamos, la gente nos recibió con alegría. Según dijo uno de ellos, habían pasado muchísimos años desde que alguien nuevo había pisado la isla. Nos invitaron a comer y beber, y nos ofrecieron hospedaje mientras arreglaban el barco, el cual ellos mismos se ofrecieron a perfeccionar. Debo decir que fueron las personas más amables que jamás había conocido. Los niños y jóvenes nos preguntaban acerca de la vida fuera de la isla, y yo sonriendo, les respondía que no se perdían de mucho. Aunque claro, vivir aquí es diferente que vivir en el exterior.
Una mañana mientras mi curiosidad se devoraba a bocados mi cuerpo, decidí hablar con el alcalde de la isla. Era un hombre huraño y bastante amable. Le pregunté la razón por la cual la isla no figuraba en los mapas y quitando su expresión sonriente del rostro, respondió que era mejor así. Me sorprendí ante tal reacción, por lo cual me limite a hacer preguntas, a pesar de que había muchas cosas que aun no me habían quedado claro. La principal, su falta de falsedades.
Los días pasaban, las semanas se convirtieron en meses y al parecer ninguno de nosotros tenia la intención de salir. Según decían, el barco estaría listo en un par de semanas, por lo cual no habría que preocuparse. Lo curioso es que, durante ese lapso de tiempo, ni una mentira salió de mis labios. Y no fue por el hecho de que estaba prohibido, si no por que había algo que me dificultaba hacerlo. ¿Era miedo acaso? Y en cuanto a mi curiosidad, en vez de disminuir aumentaba cada día que pasaba en la isla.
Al poco tiempo, me enteré que el nombre de la isla era Queensberry, que tenía una población de mil tres habitantes y eran expertos en el arte culinario, además de que su extensa variedad de frutas y vegetales resultaba sumamente favorecedora. No había persona que no se conociera y jamás habían tenido un conflicto de proporciones mayores. Nadie sabía como se originó la vida aquí, más sin embargo respetaban demasiado su tierra.
Una mañana, un pensamiento inundó mi mente, ¿Qué pasaría si decía una mentira? Fue como un golpe total. Más sin embargo estaba confundido, ¿Era lo mismo decirla tú solo o enfrente de más personas? Además, ¿Cómo sabrían ellos que era una mentira? Eso hizo que mi teoría acerca de la exageración de la regla aumentara aun más. Seguía siendo una completa ridiculez pero, ¿Había que arriesgarse acaso? Mi mente daba vueltas y en cualquier momento sabía que caería ante mis deseos. El barco casi estaría listo, así que decidí saciar por última vez mi curiosidad y fue con uno de los hombres más viejos de la isla. Un tal Santino, hombre arrugado de pies a cabeza, característica total de su vejez, con un olor a acre y una mente despierta y llena de conocimiento. Entablamos una larga conversación acerca de música y literatura. Yo además, le hable de los tantos viajes que había realizado desde mi corta de edad de dieciséis años. Es una gran oyente y orador. Su voz suave hipnotizo mis oídos y mente, tanto, que por un segundo me había olvidado de mi pregunta.
––Dígame una ultima cosa Señor, ¿Por qué es tan estricta su regla acerca de las mentiras? ¿No les parece un poco exagerado? ––traté de sonar lo más tranquilo y desinteresado posible, más sin embargo hubo al final un dejo de emoción en mi voz que el no tardó en notar.
––Vaya, al parecer los de exteriores son mucho más cerrados de mente de lo que creí.
–– ¿A que se refiere con eso?
––Hijo mío, ¿Acaso la honestidad y sinceridad no lo son todo? ¿No son acaso valores importantes que debemos de llevar a cabo diariamente? Recuerda que el respeto, la amistad o el amor no lo son todo. Si no hay honestidad, no hay nada.
––Lo entiendo pero, ¿No cree que a veces una pequeña mentira puede solucionar las cosas? Me refiero en cuanto a cosas que realmente puedan dañar.
––Una mentira, por más pequeña o piadosa que sea, puede conllevar a cosas aun más grandes y lastimar aun más que la verdad. ¿Acaso no lo entiendes?
Me sonrió y recargándose en su bastón, se levantó de su asiento. Yo me limite a mirarlo.
–– ¡Señor! ––Grité cuando ya se encontraba lejos –– ¿Qué pasaría si digo una mentira, aunque sea una pequeñísima?
El anciano se detuvo, y luego de meditar unos segundos me miró y gritó:
–– ¿Por qué no lo intentas curioso?
Debo admitir que sus palabras quedaron retumbando en mi cabeza por un largo tiempo. De hecho, estuve a punto de caer, más sin embargo, ¿Y si esta era solo una prueba más de vida?
Esa noche no dormí. Mi corazón estaba agitado y mi estomago revuelto. En la mañana nos iríamos. Por fin dejaríamos esta isla, la cual me tenía prisionero de mis propias dudas. Pero una parte de mi no se quería ir sin intentarlo. ¿Valdría en realidad la pena?
A la mañana siguiente empacamos nuestras cosas y los regalos que generosamente nos ofreció la gente de la isla. Nos dieron su bendición y nos pidieron ir con cuidado. Antes de subir al barco, fui a donde Santino y con una sonrisa enorme y un apretón de manos le dije: No fue un placer haberlo conocido. El anciano sonrió ampliamente y sin decir palabra, dio la media vuelta y se alejó.
El gritó de uno de los marineros hizo que me diera prisa y subiera al barco. La gente, con gritos de “Hasta Pronto” y “Cuídense Mucho” nos despidió mientras nosotros nos adentrábamos aun más a la mar. Luego de unos cuantos metros, la niebla cubrió el barco y los perdimos de vista.
Arribamos de nuevo en la costa de Inglaterra. Respirar el aire Londinense hizo que me lloraran los ojos. Primeramente me reuní con el Profesor Smith, mi mentor el cual me recibió con una cálida sonrisa y un libro nuevo de obsequio.
––Estoy seguro que te gustará –––Aseguró guiñándome un ojo. El libro se llamaba “Leyendas del Mar”
Con entusiasmo, antes de dormir decidí leerlo. Cual fue mi sorpresa al descubrir que, en la primera pagina rezaba el titulo “Queensberry, La Leyenda de la Isla sin Mentiras”
Desde ese día, ni la más mínima mentira escapó de mis labios. No era necesario mentir ya, todo había quedado claro.
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